Quizá una de las ideas más arraigadas que tenemos los seres humanos es la de que la ciencia tiene la “verdad”. No han sido pocas las veces que hemos escuchado, en algún anuncio de aparatos para hacer ejercicio o de medicamentos que prometen resultados milagrosos, la frase “científicamente comprobado”. Sin embargo, ¡no hay nada más alejado de la realidad! Y quizá una de las muestras más fehacientes de que los científicos no tienen la “verdad”, es la del descubrimiento de Ceres hace 225 años, el cual, cuando fue descubierto, se dijo que era un planeta, luego que un asteroide y, desde hace 20 años que es un planeta enano. ¿Es acaso que Ceres tiene problemas de identidad o simplemente que el quehacer científico es un proceso vivo que está en evolución constante?
Todo empezó con un planeta “faltante”. Resulta que en 1766 el astrónomo Johann Titus publicó el siguiente hecho: si se toma la secuencia de números 0, 3, 6, 12, 24, 48, 96, 192, …; luego se le suma 4 a cada uno de esos elementos (4, 7, 10, 16, 28, 52, 100, 196, …) y finalmente se divide entre 10 cada uno, se obtiene la secuencia 0.4, 0.7, 1, 1.6, 2.8, 5.2, 10, 19.6, …. Dicha secuencia parecía coincidir con el valor, en Unidades Astronómicas (UA)[1], de la distancia de los 6 planetas hasta entonces conocidos al Sol: Mercurio a 0.4 UA del Sol, Venus a 0.7, la Tierra obviamente a 1 UA, Marte a 1.5 UA (parecido al 1.6 de la secuencia), Júpiter a 5.2 UA y Saturno a 9.5 UA (casi las 10 UA de la secuencia numérica). Entonces Titus propuso que debiese haber un planeta a 2.8 UA del Sol y que no conocíamos. Cuando en 1781 se descubrió Urano a 19.2 UA del Sol (coincidiendo con el 19.6 de la secuencia), los astrónomos de la época se convencieron de que esa secuencia numérica era una regla de la naturaleza, por tanto, ¡debían encontrar el planeta faltante a 2.8 UA del Sol! Un grupo grande de astrónomos se dio a la tarea de encontrarlo y fue hasta 20 años después que Giuseppe Piazzi, quien estaba actualizando un catálogo de estrellas, dio con la existencia del planeta faltante: Ceres. Un pequeño mundo redondo que habitaba ¡justo en la órbita predicha por la secuencia de Titus!
Unos cuantos meses después del descubrimiento de Ceres, Heinrich Olbers descubrió Pallas. Otro pequeño mundo en la misma órbita que Ceres. Si bien era muy raro que hubiera dos planetas en la misma órbita, como éstos eran muy pequeños no hubo mayor objeción en considerarlos como tales; fue únicamente William Herschel quien propuso llamarlos “asteroides”. En 1804 Karl Harding descubrió a Juno, un mundo aún más pequeño que Pallas, pero en la misma órbita y a éste, ¡se le llamó el décimo planeta! Olbers, el mismo que había descubierto a Pallas en 1802, descubrió a Vesta (muy parecido a Pallas) en 1807 compartiendo órbita con Ceres, Juno y Pallas, obteniendo así un sistema solar con 11 planetas.
No fue hasta finales de la década de 1840 cuando el término de “planetas” empezó a parecer inadecuado para estos objetos debido a que cada vez se descubrían más y más de estos objetos. Los astrónomos en colectivo decidieron dejarlos de llamar “planetas” y los empezaron a llamar “asteroides”, no solo porque ya había cientos de éstos sino porque sus características parecían ser diferentes a las de los demás planetas. Olbers y otros astrónomos pensaban que los asteroides eran el resultado de que el planeta, que la ley de Titus predecía debía de estar ahí, hubiera explotado en miles de pedacitos.
En 2006 los astrónomos del mundo se juntaron para dar definición a lo que llamaríamos “planeta” y cuáles deberían de ser las características esenciales que los objetos clasificados como tales deberían de cumplir. Así, Ceres, al ser el mayor de los asteroides y tener una masa suficiente para tener una forma redonda (ninguno de los otros asteroides cumple con esa característica), fue reclasificado como planeta enano. Hoy sabemos que estos pequeños millones de objetos que viven entre Marte y Júpiter jamás llegaron a ser un planeta. Juntos tienen únicamente el 4% de la masa de la Luna, es decir, muy poca masa para haber sido un planeta. En cambio, creemos que son los pequeños bloques que, al juntarse, llegaron a formar los planetas que conocemos. Los científicos no poseemos “la verdad”, estamos en una búsqueda constante de respuestas. El quehacer científico es un proceso que evoluciona en el tiempo. Ceres no tiene problemas de identidad, a los científicos nos ha llevado más de 200 años entenderlo y comprender su lugar en el universo.
[1] Una Unidad Astronómica se define como la distancia promedio que hay entre la Tierra y el Sol (~150 millones de kilómetros)

