Dejar ir lo que no sirve nunca fue tan importante

océano de las tormentas

La llegada del hombre a la Luna en 1969 es un hito en la historia de la humanidad. Sin embargo, el camino para llegar a ese momento fue largo y tuvo varios tropiezos, aunque también éxitos. Uno de esos éxitos que resultaron ser parteaguas en la carrera espacial se dio hace 60 años cuando el 3 de febrero una máquina construida por el ser humano se posó, por primera vez, suavemente en la superficie de otro objeto del sistema solar: la Luna.

En 1966 la Guerra Fría se encontraba en un punto muy álgido. Por un lado, los soviéticos ya habían puesto el primer satélite, al primer hombre y a la primera mujer en el espacio. Por otro lado, la guerra de Vietnam se había intensificado fuertemente con la llegada de las primeras tropas de combate estadounidense al territorio asiático hacía muy pocos meses. ¡Era necesario ser contundentes en la carrera espacial! La meta era la conquista de la Luna. Pero esto no era nada sencillo, además de las implicaciones del viaje espacial, los científicos tenían la hipótesis de que la Luna estaba cubierta por una capa espesa de arena fina que “tragaría” (como si de arenas movedizas se tratara) cualquier objeto pesado que intentara posarse en ella. Además, las fotografías cercanas tomadas por sondas tanto estadounidenses como soviéticas, lo mismo del lado que vemos como del que no vemos de la Luna, mostraban un paisaje “escabroso” para tratar de posar una nave.

Entre 1959 y 1963 ya se habían estrellado varias naves a propósito en la superficie lunar y en 1965 tres sondas rusas, que habían sido diseñadas para tener un descenso suave en la superficie de nuestro satélite, ya habían fallado y se habían estrellado. ¿En serio es tan complicado posarse suavemente en la Luna? Sí, ¡es todo un reto! En primer lugar, la Luna, a diferencia de la Tierra, Venus o incluso Marte, no tiene ni una pequeña atmósfera, es decir, no hay aire en el cual el uso de un paracaídas permita reducir la velocidad de la nave. En segundo lugar, la velocidad de aproximación de las naves es muy alta, de casi 10 mil km/h y hay que reducirla a casi 0 km/h en un lapso muy corto de tiempo. Finalmente, las señales de radio entre la Tierra y la Luna tardan más de un segundo en llegar, por lo tanto, no es posible controlar el descenso desde la Tierra y si la computadora de vuelo comete un error o simplemente se requiere una corrección a 30 metros de la superficie de la Luna, ésta llegaría tres segundos después, ¡demasiado tarde!, para entonces la nave ya se habrá estrellado.

Después de los tres fracasos soviéticos de 1965, era necesario hacer un cambio drástico en la forma de aproximarse a la Luna. Hasta entonces se había intentado aterrizar la nave completa, es decir, un aparato sumamente pesado y que no iba a servir ya de nada porque no regresaría a la Tierra. Entonces, los soviéticos decidieron dividir la nave en dos partes: la etapa de vuelo y la cápsula. Por un lado, la etapa de vuelo era la más grande y contenía lo más pesado de la nave: motores y combustible. Esta parte era la encargada del frenado de la nave, pero, estaba diseñada para separarse de la cápsula, instantes antes de colisionar y destruirse en la superficie lunar. La cápsula por su parte era parecida a una pelota de playa de 100 kg de peso, que contenía únicamente instrumentos (comunicación y medición) y la cámara fotográfica.

¡Esto funcionó! La nave Luna 9, cuando estaba a tan solo 5 metros de la superficie de la Luna, recibió la señal de un sensor de contacto (básicamente, un palo largo que colgaba de la nave) que tocó el suelo lunar. Mientras la pesada etapa de vuelo se estrellaba en la superficie, la cápsula que además llevaba un ingenioso sistema de protección contra golpes (bolsas de aire) salió expulsada y se posó en la Luna. Ahí abrió su sistema en forma de capullo de flor que, puso en posición y dejó al descubierto los instrumentos que tomarían y mandarían a la Tierra fotografías de alta resolución y medirían la radiación y la temperatura de la superficie lunar.

La llegada de la nave Luna 9 probó que los seres humanos con trajes especiales podrían sobrevivir en la Luna y que la superficie de ésta era lo suficientemente sólida para soportar naves pesadas. ¡El aterrizaje de Luna 9 fue fundamental!, fue un puente entre los días en los que el ser humano únicamente miraba la Luna y los días futuros en los que podríamos caminar en ella. Luna 9 demostró que la Luna era un destino alcanzable y no solo el objetivo de un sueño.

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Fotografía del Océano de las Tormentas, la llanura lunar más grande de la cara visible de la Luna donde la nave Luna 9 aterrizó el 3 de febrero de 1966.

Nahiely Flores Fajardo

Instituto de Matemáticas, UNAM
nahieflores@gmail.com
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