A 25 años de su lanzamiento, recordamos cómo la sonda WMAP transformó nuestras conjeturas filosóficas en la ciencia de precisión que hoy define nuestro universo.
Durante siglos, desde Aristóteles hasta Einstein, la humanidad vivió y evolucionó bajo la premisa de que el cosmos era una inmensa bóveda inmutable. El mismo Einstein en 1915, al desarrollar las ecuaciones que describen el cómo la materia moldea el espacio-tiempo encontró que había un término en dichas ecuaciones que indicaba, matemáticamente, que el Universo debía estar expandiéndose o contrayéndose. Aferrado a la idea de un universo estático, Eistein introdujo la “constante cosmológica” para forzar que el universo del modelo matemático permaneciera quieto … unos pocos años después, cuando Hubble encontró que el Universo se expandía, el mismo Einstein llamaría a esa constante “su mayor error”. El cosmos tenía mucho qué decir a cerca de su origen y evolución y no guardó silencio.
A mediados del siglo XX, los físicos Ralph Alpher, Hans Bethe y George Gamow predicen que, si el Universo tuvo un origen en el que tanto la materia como la energía estaban mucho más juntas y que después se fue expandiendo (idea original de George Lamaître en la década de los 20), también tuvo que haber un “estallido primordial” que debió de haber dejado un eco que hoy lo podríamos ver en el rango de las microondas. Pocos años después, por accidente, Arno Penzias y Robert Wilson encontraron ese eco del origen del Universo, la Radiación Cósmica de Fondo (CMB por sus siglas en inglés). Era a penas un “zumbido”, pero era un “zumbido” claro que estaba ahí sin importar en qué dirección del cielo se apuntaran las antenas y correspondía justo a la radiación de 2.7 Kelvin de temperatura que se había predicho.
No era suficiente saber que el “zumbido” estaba ahí, era necesario mapearlo a detalle y estudiarlo a profundidad, lo cual no se podía hacer desde la superficie terrestre. Entonces, primero se lanzó el satélite Explorador del Fondo Cósmico (COBE por sus siglas en inglés) que mostró sin lugar a duda la existencia de la Radiación Cósmica de Fondo. Sin embargo, también mostró que esta radiación no era homogénea, es decir, que tenía variaciones, ¡ese dato era fundamental! pero COBE no era capaz de darnos los datos con el detalle necesario. Entonces, en 2001, en un esfuerzo conjunto entre la NASA y la Universidad de Princeton, se lanzó el satélite Sonda de Anisotropía de Microondas Wilkinson (WMAP por sus siglas en inglés). Su lugar de trabajo fue justamente aquel en el que hoy se encuentra el Telescopio Espacial James Webb y, desde ahí, estuvo nueve años realizando un mapa sumamente detallado de la Radiación Cósmica de Fondo y proporcionando medidas de parámetros fundamentales que nos permitieron saber que:
El Universo tiene una edad de 13,770 millones de años y que, a gran escala, es plano (se curva por la presencia de masas, por ejemplo, galaxias, pero eso es a pequeña escala). El Universo además está compuesto por tres componentes: del 4 al 5% es la materia que conocemos y de la que estamos hechos; el 25-26% es la materia obscura, es decir, aquella que no podemos ver porque no emite, absorbe o refleja la luz y; el 70% es la energía obscura, aquella responsable de que el Universo se siga expandiendo y, más aún, lo haga de manera acelerada.

El inicio del siglo XXI, con los hallazgos de WMAP, sorprendió a la humanidad con la certeza de que el Universo no era inmutable, sino que tenía un origen, una evolución y que, además, podría tener un fin. La cosmología, la ciencia encargada del estudio del origen, estructura y evolución del Universo, que durante siglos permaneció en el territorio de las conjeturas filosóficas, se reveló entonces como una ciencia exacta rigurosa.
